sábado, 29 de agosto de 2015

Quemese despúes de leer

El paquete que tanto había esperado ya estaba en sus manos, pero aquel convencimiento para exponer el contenido de este había desaparecido. Aquella persona, quien resultaría afectada por su confesión era la misma que días atrás le había salvado la vida. 

- Si este sobre hubiera llegado dos semanas antes- se dice Luis así mismo - ¿Que hizo que se demorara tanto?

Quiere abrirlo, leer su contenido y lo hace. Allí estaban todas y cada una de las evidencias necesarias para que Alejandro estuviera tras las rejas por un tiempo considerable, quizás terminaría condenado y perdiendo a sus amigos, lo que más le importaba.

Mira una vez las pruebas que están en sus manos y parte en su escritorio y comienza a recordar esa noche en la que hablaron, tomaron un par de copas y descubrió que no solo era ese ser humano que usaba su encanto físico, su retórica y buenos modales para conseguir lo quería, incluyendo ser exonerado de la muerte de uno de sus amantes y hermano de Luis años atrás. Había una persona insegura, infeliz, arrepentida y deilusionada tal como él, que era alguien más que jugaba su rol en el teatro de la vida.

Luis maldice una vez más, no podía creer que ahora se sentía igual que él e incluso lo veía como uno más; no puedo hacer esto se dice a si mismo mientras guarda todo una vez más en el sobre y lo guarda en el primer cajón de su escritorio y lo asegura con llave. Enciende su computadora y simula estar trabajando tras ver que Alejandro venía hacia su cubículo con una taza de café.

-¿Qué fue lo que te llegó en ese sobre?- pregunta Alejandro

- Nada importante ya lo boté- dice Luis mientras sonríe y lanza un atisbo al cajón - Gracias por el café, ahora tengo que seguir trabajando-

-Claro, no te molesto. Recuerda después del trabajo cenamos en casa. Te quiero-

- Yo también-

...

Juan Pájaro Velásquez

viernes, 21 de agosto de 2015

Rutina

Las primeras luces de un nuevo día atraviesan las rendijas de su ventana para caer lentamente en su cara y recordarle que hay que empezar, que el ciclo repetitivo de acciones que definen su existencia debe continuar.
Se levanta, da dos pasos fuera de su cama, regresa a ella. El frío de aquella mañana de invierno lo hace pensar en interrumpir su normalidad. No lo hace, se convence de que debe seguir. Se vuelve a levantar, camina despacio hacia al baño, aún no sabe dónde está o por lo menos no es consciente de ello. Abre la llave de la regadera, por error hace correr el agua fría y en su espalda siente el llamado a conciencia que necesitaba. Abre la llave de agua caliente, se baña y regresa a su habitación. Abre los cuatro cajones donde guarda todo, en uno los abrigos, en otro las camisas -todas iguales-, en otro la ropa interior y las medias y en el último los pantalones, toma una prenda en cada uno de ellos; daba igual cual de todas tomara, había diseñado su vestuario para que siempre fuera de acuerdo a su trabajo.
Prepara un café mientras las tostadas están listas. Se sienta, toma su café acompañado con las tostadas recién hechas. Cepilla sus dientes, lava su cara de nuevo, se seca, toma las llaves, cierra la puerta, se sube a su automóvil. Maneja a su trabajo, entra en la empresa, se acomoda en el parqueadero, sube el ascensor, saluda a la recepcionista, sigue caminado, llega a su cubículo, la persona que le gusta lo saluda, su corazón se acelera, baja la mirada, enciende la computadora e inicia su rutina.

Juan Pájaro Velásquez


PD. Si bien no he podido cumplir con la publicación diaria que esperaba, seguiré intentándolo; en algún momento lograré llegar a hacerlo. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Viajando al Sur

Hace más 20 años atrás llegué por primera vez a Argentina. En ese tiempo solo tenía 5 años y mi idea de un viaje se limitaba a montarse en un carro e ir a la playa, pero la jornada que viví aquella vez fue más que eso.  Por primera vez monté en avión.

Recuerdo que todo empezó el 29 de Junio de 1995 por la tarde, mi abuela estaba arreglando las maletas que cada uno iba a llevar, en la de ella parecía haber empacado muy poco, apenas lo necesario para unos días; mientras que en la mía si estaba todo, incluso mis tres juguetes favoritos, un camión de bombero, un lego de más de 300 piezas y un muñeco de trapo negro y algo viejo, viajaron conmigo. Esa fue nuestra tarde antes de ir a conocer a mi tío "Chilo", bueno eso era lo que decía mi abuela que íbamos a hacer, años más tarde me enteré que la intención del recorrido de más 5000 kilómetros era otra. 
La mañana siguiente empezó con una ducha al son de la versión de "la gota fría" de Carlos Vives, no podía ser mejor banda sonora para la sensación del agua que caía sobre mi piel o tal vez era un presagio de la noticia que mi abuela recibiría 3 meses más adelante.  

En la mesa  estaba servido mi desayuno favorito -todavía lo es- papa frita con queso costeño y café con leche; lo comí como si fuera lo último que comería en mi vida. Tras terminar de desayunar hicimos un muy corto viaje al aeropuerto en el que apenas estuvimos por unos minutos tras las despedidas de mi madre y el abrazo fuerte de mi pequeña hermana, quien a pesar de  sus 3 años todavía no decía palabra alguna. De como subí al avión no recuerdo mucho, ni mucho de mi estancia en este; solo recuerdo que viajamos primero de Cartagena a Bogotá y que en dicho aeropuerto, el único en el que hicimos una escala, encontramos a mi papá y nos despedimos de él, quien mientras me abrazaba me dijo que le hiciera caso a mi abuela en todo, como si no viniera haciendo eso desde los 2 años, cuando decidió encargarse de mi educación y crianza, cuando decidió convertirse en mi mamá. 
Unas horas más tarde partimos a Brasil, una escala anterior a Argentina, según lo planeado debíamos bajar en Sao Paulo y esperar por otro vuelo, mas mi abuela - como siempre supo hacerlo- encontró la manera para que nos quedáramos allí y evitar las 5 horas de espera que teníamos para tomar el avión a Buenos Aires. Y así, tras un corto viaje, llegamos a la mañana siguiente a nuestro primer destino en este nuevo país. De ese momento cuando salimos del avión a buscar los equipajes y pasar por los respectivos controles, evoco que las azafatas estaban encantadas con el "morochito que hablaba como los grandes", al igual que algunas personas que conocimos en nuestro camino a tomar el bus que nos llevaría a nuestro destino final, Rosario. 
Han pasado 20 años de eso y otra vez estoy en Argentina, y debo decir que el principal motivo que me trajo de vuelta es ese recuerdo de mi infancia, de mi primer viaje; pero sobretodo el recuerdo del chico sonriente, sencillo e inteligente que se esfumo en el devenir de los años y que ahora poco a poco está regresando.

Juan Pájaro Velásquez